Es en este proceso donde emplea el barro como lenguaje propio, encontrando en la alfarería una práctica que le permite convertir la tierra en herramienta de transformación social.
Su vinculación a una forma asociativa de la economía solidaria no es circunstancial: es una decisión ética que atraviesa y define su práctica, concibiendo el arte como ejercicio colectivo, situado y transformador.
A lo largo de su trayectoria ha desarrollado proyectos en Arauca (comunidades U’wa), La Guajira (Pondores, Fonseca), Cesar (Tierra Grata, Manaure), Medellín (comuna 6 y comuna 13), Cauca (Popayán, Totoró, Papallaqta, Valencia) y Huila (Wakakayo, San Agustín).
Su proceso creativo es participativo: parte de la exploración del territorio y la búsqueda de arcillas locales, hasta la construcción colectiva de hornos y quemas, concebidas como momentos de celebración comunitaria y transmisión de saberes.
“El barro se convierte en memoria viva, reafirmando el valor del arte como herramienta de resistencia cultural, tejido social y transformación colectiva.”